Relatos y relaciones de Hispanoamérica colonial

[ Literature (besides fiction) ]

Relatos y relaciones de Hispanoamérica colonial

Compilado y editado por Otto Olivera

This anthology of foundational sixteenth-century Spanish-language texts presents the European side of the discovery and colonization of the New World.

2004

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Paperback

6 x 9 | 184 pp. | 10 illustrations

ISBN: 978-0-292-70289-9

This anthology of foundational sixteenth-century Spanish-language texts presents the European side of the discovery and colonization of the New World. Otto Olivera has chosen representative selections from the works of eighteen authors, including Garcilaso de la Vega, Bartolomé de Las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, and Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Their writings present an impressive panorama of the first years of a real New World that could compete with any portrayed in European novels of chivalry or travel. To put these texts in historical context, Olivera has written an introduction that links the literature of colonization in its first century to the classical and medieval myths that helped shape Spaniards' thinking about the New World. He also provides a brief history of the discovery and conquest and a discussion of the social organization of the Spanish colonies.

  • Prefacio
  • Introducción
  • Conquista y colonización del Nuevo Mundo
  • Organización colonial
  • Acosta, El Padre José de (1540-1600)
    • Historia natural y moral de las Indias [1589] (1590)
      • Que se halla en los antiguos alguna noticia de este Nuevo Mundo
      • Lo que sintió Platón de esta India Occidental
      • Vinieron por tierra los primeros pobladores de Indias
      • Tres géneros de gobierno y vida en los indios
  • Alva Ixtlilxóchitl, Fernando de (1568-1648)
    • Historia de la nación chichimeca [1616?]
      • El amor criminal de un rey
      • La reina adúltera
  • Garcilaso de la Vega, El Inca (1539-1616)
    • Comentarios reales de los Incas, Primera Parte (1609)
      • Criaban los hijos sin regalo ninguno
      • Huayna Cápac hace rey de Quito a su hijo Atahualpa
      • Testamento y muerte de Huayna Cápac y el pronóstico de la ida de los españoles
  • Comentarios reales de los Incas, Segunda Parte: Historia general del Perú (1617)
    • La venganza que Aguirre hizo de su afrenta
  • Las Casas, Bartolomé de (¿1474?-1566)
    • Historia de las Indias [1527-?] (1876)
      • Que trata de la población de Cuba
      • Que trata de la pasada de los españoles a la isla de Cuba
  • Díaz del Castillo, Bernal (1492-¿1583?)
    • Historia verdadera de la conquista de la Nueva España [1568] (1632)
      • Jerónimo Aguilar y Gonzalo Guerrero
      • Doña Marina
      • Las cercanías de México [Tenochtitlán]
      • México, la plaza de Tlatelolco
  • Cortés, Hernán (1485-1547)
    • Cartas de relación sobre el descubrimiento y conquista de la Nueva España [1519-1526] (1852)
      • Preparaciones para marchar hacia el interior del país
      • Los tlaxcaltecas se convierten en aliados
      • Moctezuma, prisionero de Cortés, y de la profecía de Quetzalcóatl
  • Fernández de Oviedo, Gonzalo (1479-1557)
    • Historia general y natural de las Indias (vol. 1, 1535; vol. 2, 1537)
      • La rebelión del cacique Enrique [Enriquillo]
      • Beçerillo y Leonçico
  • Garcilaso de la Vega, El Inca (1539-1616)
    • Comentarios reales de los incas, Primera Parte (1609)
      • El naufragio de Pedro Serrano
  • Benavente, Fray Toribio de (Motolinía) (¿1490?-1569)
    • Historia de los indios de la Nueva España [1541] (1859)
      • De los diversos pareceres que hubo sobre administrar el sacramento del bautismo, y de la manera que se hizo los primeros años
      • De cómo los indios se confiesan por figuras y caracteres
      • De dónde comenzó en la Nueva España el sacramento del matrimonio, y de la gran dificultad que hubo en que los indios dejasen las muchas mujeres que tenían
      • De la humildad que los frailes de San Francisco tuvieron en convertir a los indios y de la paciencia que tuvieron en las adversidades
  • Núñez Cabeza de Vaca, Alvar (¿1490-1559?)
    • Naufragios [entre 1537 y 1540] (1542)
      • Cuando partió la armada
      • De lo que nos acaeció en la isla de Malhado
      • De cómo nos apartaron los indios
      • Cómo otro día nos trajeron otros enfermos
      • De otra nueva costumbre
      • De cómo se mudó la costumbre de recibirnos
      • De lo que sucedió a los demás que entraron en las Indias
  • Aguado, Fray Pedro de (¿1538?-1585+)
    • Recopilación historial [1575 y 1581] (1906 y 1913-1915)
      • El notable hecho de una mujer española
  • Schmidel, Ulrico (¿1510-1579?)
    • Historia y descubrimiento de el Río de la Plata y Paraguay [1534-1554] (1706)
      • De España a las Canarias
      • De la población de Buenos Aires
      • Del sitio, toma y quema de la ciudad de Buenos Aires
      • Prosiguen la navegación al río Paraná
      • Llegan a los scherves
      • En busca de las amazonas
      • El retorno
  • Fuentes y Guzmán, Francisco Antonio de (¿1642-1699?)
    • Historia de Guatemala; o Recordación florida [siglo XVII] (1882-1883 y 1932)
      • De la temerosa y grave inundación que sobrevino a la ciudad de Guatemala
  • Carvajal, Fray Gaspar de (¿1504?-1584)
    • Descubrimiento del Río de las Amazonas [1541-1542] (1894)
      • La navegación por el Amazonas y sus peligros
      • Noticias del indio sobre las amazonas
  • Cieza de León, Pedro (¿1520 ó 1522?-1554)
    • La Chrónica del Perv [1550] (1554)
      • La ciudad del Cuzco
      • Un cacique en lucha con los demonios
  • Rodríguez Freyle, Juan (1566-¿1640?)
    • Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada [1636] (1859)
      • El vestido de la manga de grana
  • Simón, Fray Pedro (¿n. 1574?)
    • Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (1627)
      • Seres extraños
      • Historia de amor
      • El Dorado
  • Suárez de Peralta, Juan (¿1537?-1590)
    • Tratado del descubrimiento de las Indias y su conquista [1589] (1878)
      • Agravio que hizo Gil González a su hermano
  • Oviedo y Baños, José de (1671-1738)
    • Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (1723)
      • La rebelión del negro Miguel
      • Saquean los corsarios la ciudad de Santiago de León [Caracas]
  • Glosario
  • Ediciones empleadas para las selecciones
  • Bibliografía
  • Indice

La carta de Colón a Luis de Santángel, contador mayor de la Corona de Castilla, publicada en abril de 1493, contiene las primeras noticias del descubrimiento de América. El Diario de navegación de Colón y las relaciones que han de seguir, escritas por cronistas e historiadores de Indias, irán añadiendo un gran caudal de información sobre la naturaleza y los habitantes de las nuevas tierras exploradas y conquistadas. De modo que el impacto trascendental de estos escritos va a repercutir en varios aspectos de la actividad literaria, científica, ideológica y filosófica de la intelectualidad europea contemporánea. Del siglo XVI al XVIII en las letras de la península española aparece el tema de la Indias en sus muchas manifestaciones lingüísticas, líricas, novelescas, dramáticas y filosóficas, según ilustra Valentín de Pedro en La América en las letras españolas del Siglo de Oro. Pero sobre estas ocasionales manifestaciones de carácter literario, en la primera mitad del siglo XVI se destaca la ingente labor de otros dos españoles que, con ideas similares y métodos diferentes, están estrechamente relacionados con los acontecimientos de la conquista. Se trata de Fray Bartolomé de Las Casas (¿1474?-1566) y el teólogo Francisco de Vitoria (1492-1546). Las Casas, tanto en América como en España, por casi medio siglo mantendrá una lucha tenaz contra las injusticias y crueldades sufridas por los indígenas. Vitoria, basándose principalmente en la Summa theologica de Santo Tomás, desde su cátedra en la Universidad de Salamanca, destruye todos los argumentos que intentaron justificar la conquista, esgrimiendo los principios de libertad, la guerra justa y el derecho de gentes. Sus discípulos habían de extender por América, España y Europa su prédica, de modo que por ella se le considera el iniciador del derecho internacional moderno.

En los círculos intelectuales del resto de Europa el interés inicial por el Nuevo Mundo lo provocan las numerosas traducciones de La carta de Colón publicadas en Roma, París, Basilea y Amberes, entre 1493 y 1494, y en 1497, en Estrasburgo. En ellas lo que sin duda causa la mayor impresión en los lectores es la descripción que hace Colón de las islas visitadas, pobladas de gente desnuda, carente de implementos de guerra, inocente y temerosa, viviendo una existencia completamente natural, rodeada de una naturaleza esplendorosa, de fauna y flora exótica. En esta primera visión del almirante anidaba el germen de lo que sería la concepción utópica de "el hombre en estado de naturaleza", con las muchas transformaciones ideológicas que llevarán a la explosión romántica de los siglos XVIII y XIX.

Entre los primeros humanistas del siglo XVI que escriben con admiración sobre las descripciones del Nuevo Mundo hechas por Colón se cuenta, sin duda, el cardenal veneciano Pietro Bembo, que describe la vida de los indios como una nueva Edad de Oro. Sin embargo, en todo ese fermento filosófico y literario que comienza entonces, importancia capital tuvieron más tarde los dos ensayos de Montaigne titulados "De los caníbales" y "De los coches" que, si en cierto sentido contradicen la visión original que tuvo Colón de los aborígenes y la extienden a todos los habitantes del continente, en general intentan captar sus características sicológicas y culturales al describirlos, según la frase de Séneca, de "hombres recién salidos de las manos de los dioses", que "no usan pantalones", algo de especial significación en el mundo europeo. Y mientras exalta la decisión de muchos indígenas, que prefirieron la libertad en el suicidio a la esclavitud en la vida, condena la violencia y perfidia que acompañaron a la conquista.

En no poca medida el tema americano de estos ensayos lleva al autor a una crítica del mundo que lo rodea, cuya barbarie considera mayor a la existente en los pueblos precolombinos. En verdad no era infundado este juicio cuando la fábrica social de Europa parecía resquebrajarse, entre otras causas, por las crueldades que se cometían en constantes conflictos políticos y religiosos. Pero no era una crítica aislada. Con anterioridad se habían oído otras voces de alarma; entre ellas, desde principio del siglo, las de Erasmo, en El elogio de la locura (1511), y Thomas More, en Utopía (1516), que ya habían anticipado su pesimismo.

Los años que preceden y siguen al descubrimiento de América constituyen para Europa una época de extraordinaria actividad en viajes de exploración, de conquista, de catequización y de empresas comerciales. Y las relaciones que van saliendo de la pluma de navegantes, conquistadores, misioneros y mercaderes describen tierras remotas, de naturaleza, poblaciones y culturas exóticas, entrelazando con frecuencia a la realidad vista, lo imaginado y la fábula de origen local. Aunque en España existían algunos itinerarios de viajeros, de semejante índole, las obras que deslumbran a los lectores de la época son El libro de Marco Polo, de fines del siglo XIII, y El libro de las maravillas del mundo, de Sir John Mandeville, del siglo XIV. En ambos, aunque en el segundo mucho más que en el primero, es innegable la presencia de lo fabuloso, si bien es necesario reconocer que se trata de un fenómeno que existe desde los orígenes de la historiografía clásica en autores como Herodoto y Plinio el Viejo. En lo que respecta al descubrimiento y conquista de América se repiten aspectos semejantes ya en los primeros escritos de Colón, tanto en la Carta a Santángel como en el Diario de navegación conservado por el Padre Bartolomé de Las Casas. Pero en este caso pueden distinguirse dos categorías representadas por las figuraciones de carácter personal y las procedentes de la antigüedad. Entre las primeras se cuentan las ideas preconcebidas de hallarse en el continente asiático, al identificar la información que recibe de los aborígenes con los nombres de Catay, Cipango y el Gran Can, al igual que la influencia de sus creencias religiosas, al nombrar la primera isla descubierta San Salvador, por su convicción del sentido maravilloso del descubrimiento, o la certidumbre de que el Paraíso Terrenal se hallaba en el interior del río Orinoco, según expresa en su tercer viaje. A todo esto podría añadirse, como detalle menor, el considerar que oye cantar el ruiseñor, ave que no habitaba en la región que exploraba.

Aunque Colón reconoce la incapacidad de comunicarse a satisfacción con los indios, como otros de sus contemporáneos repite, o interpreta, lo que le dicen, reproduciendo varios de los mitos de la antigüedad que había leído en Plinio, Marco Polo o Mandeville.7 Entre ellos se contaban los siguientes: gente que nacía con cola, o tenía un solo ojo en la frente, seres con cara u hocico de perro, antropófagos, cercanía del paraíso, etc. También le informan sobre una isla exclusivamente de hombres y otra de mujeres armadas de arcos y flechas, lo que recuerda el tema de las amazonas. La referencia a los caníbales era una realidad americana en la existencia de algunas tribus caribes. Y en lo que respecta a la isla poblada sólo de mujeres o de hombres, sin duda tenía que ver con la costumbre caribe de tener relaciones sexuales en ciertas épocas con mujeres arawacas de las islas antillanas conquistadas, costumbre que se extendía al empleo por los caribes de su propia lengua, que hablaban los hombres a diferencia de la hablada por las mujeres.

Las citas anteriores de Colón demuestran la persistencia de los mitos clásicos en el siglo XV europeo, así como su introducción en la historia de las Américas. Un caso especial que revela la influencia de esos mitos es la afirmación de Colón de haber visto tres sirenas—que eran probablemente manatíes—en la costa de La Española, aunque confiesa que no eran tan hermosas como las describían (Diario, 9 de enero de 1493).

La visión del paraíso reaparece poco después del tercer viaje de Colón en 1498, en Américo Vespucio (1454-1512) y Pedro Mártir (1459-1520), en relación con la prístina belleza de la zona noreste de Sur América. Vespucio indica que en su viaje de mayo de 1499 a junio de 1500 (Carta I), "todos creyeron que acaso habían entrado en el Paraíso Terrenal"; mientras el desconocido autor de la Carta V, titulada Mundus Novus y considerada apócrifa, le hace decir: "si en cualquier parte del mundo existe un Paraíso Terrenal, creo que no está lejos de estas regiones". Por su parte, Pedro Mártir en sus Décadas (1516-1530) asume una actitud completamente libre de influencias religiosas. Según informa, Colón "afirma y sostiene" que en la región del río Paria, "en la cima [...] de [...] tres montes [...] está el Paraíso Terrenal [...]", de cuya cima fluye un gran caudal "de aguas dulces [...]". Pero su reacción de incredulidad no puede ser más evidente cuando agrega: "Basta ya de estas cosas, que me parecen fabulosas. Volvamos a la historia de que nos hemos apartado".

Vespucio y Mártir amplían también la alusión de Colón a mujeres guerreras. Vespucio, sin embargo, abandonando su concepto por lo general realista de los hechos, describe los aborígenes de Curazao como de estatura gigantesca. Y al hacerlo revela de nuevo la influencia del mundo clásico en la mentalidad europea de la época cuando compara a las mujeres con Pentesilea, la reina amazona muerta por Aquiles, y a los hombres con Anteo, el hijo de Gea, a quien ahogó Hércules en sus brazos (Carta I, 13). A otro mito, pero de origen medieval, se refiere igualmente cuando relata su viaje por la costa de la América del Sur y estima que se halla al principio de Asia y de la provincia de Arabia Félix, que es la tierra del Preste John (Preste Juan) (Carta II, 21), el legendario monje y soberano del Oriente.

Por el contrario, Pedro Mártir nunca parece perder su equilibrado juicio de humanista sin prejuicios. Como se ha indicado, tras mencionar las ideas de Colón relativas a la existencia del Paraíso Terrenal en la región de Paria, las considera fábulas (Década I, Libro VI, Cap. V, 70). A las tradiciones indígenas sobre gente con cola en el pasado las califica de "tonterías [... que] cuentan entre ellos" (Década VII, Libro III, Cap. II, 508). De manera semejante cuando Gil González y sus compañeros de navegación afirman que hay delfines de canto armonioso como el de las sirenas, en un mar negro a cien millas de la colonia de Panamá, dirá: "Lo del canto también yo lo tengo por fábula" (Década V, Libro IX, Cap. II, 452-453).

En cuanto a las amazonas y la fuente que rejuvenece (la fuente de la juventud), Pedro Mártir considera que son temas más complicados por ser mencionados por personas de autoridad. Ya en la primera Década, al escribir sobre los caníbales, indica que la isla de las Antillas Menores llamada por los aborígenes Madanina, hoy Guadalupe, está habitada "por mujeres solas". Y a continuación añade:

Se ha creído que los caníbales se acercan a aquellas mujeres en ciertos tiempos del año, del mismo modo que los robustos tracios pasaban a ver a las amazonas de Lesbos, según refieren los antiguos, y que de igual manera ellas les envían los hijos destetados a sus padres, reteniendo consigo a las hembras. Cuentan que estas mujeres tienen grandes minas debajo de la tierra, a las cuales huyen si alguno se acerca a ellas fuera del tiempo convenido; pero si se atreven a seguirlas [...] se defienden con saetas, creyéndose que las disparan con ojo muy certero.

Y como para salvar su responsabilidad de narrador termina diciendo:

Así me lo cuentan, así te lo digo (Década I, Libro II, Cap. III, 17).

En la Década IV vuelve al tema con mayor extensión. Tras describir brevemente algunas islas, a unas cien millas al este de Yucatán, donde los navegantes españoles encuentran evidencia de sacrificios humanos, continúa:

[...] hay otras islas, donde sólo habitan mujeres sin trato de hombres. Piensan algunos que viven a estilo de amazonas. Los que lo examinan mejor, juzgan que son doncellas cenobitas que gustan del retiro, como pasa entre nosotros, y en muchos lugares las antiguas vestales o consagradas a la diosa Bona. En ciertos tiempos del año pasan hombres a la isla de ellas, no para usos maritales, sino movidos de compasión, para arreglarles los campos y huertos con el cultivo de los cuales puedan vivir. Mas es fama que hay otras islas habitadas por mujeres, pero violadas, que desde pequeñas les cortan un pecho para que más ágilmente puedan manejar el arco y las flechas, y que pasan allá hombres para unirse con ellas, y que no conservan los varones que les nacen.

En este caso su escepticismo es más evidente cuando agrega:

Esto lo tengo por cuento (Década IV, Libro IV, Cap. I, 318).

No hay duda que el tema de las amazonas le interesa a Pedro Mártir, o le preocupa, sin que acabe por aceptarlo como realidad. Porque por lo menos en otras dos ocasiones insiste en él. Así en la Década VII, aclara simplemente que ha dicho lo que ha oído. De modo que cuando el Secretario de Carlos V, Alfonso Argollo, que conoce varias regiones de las Indias, afirma que se trata de "historia y no de fábula", aún rehusa comprometerse exclamando: "Yo doy lo que me dan" (Libro VIII, Cap. I, 543). Más adelante, en la misma Década, repite en términos generales la relación anterior, pero añadiendo el testimonio afirmativo de Argollo, y los de Camilo Gilino, Embajador de Milán en España, y Santiago Cañizares, Portero de la Cámara de Carlos V. Al cerrar sus juicios sobre las amazonas, y como para justificar sus varias incursiones en la materia, confiesa que lo dicho en las primeras Décadas fue "como por burla", para terminar de manera algo críptica con las siguientes palabras: "Me he enterado muy bien de este asunto [...] pues ni el jinete salta a la meta de un solo salto del caballo, ni las aves cruzan todo el mar con un solo soplo de los vientos" (Libro IX, Cap. III, 554).

Respecto a la llamada "fuente de la juventud", la información que recibe Pedro Mártir es de procedencia española tanto como indígena. En la Decada II, dedicada al Papa León X, comienza por mencionar una isla llamada Boyuca, a 325 leguas al norte de La Española,

la cual tiene una fuente tan notable que, bebiendo de su agua, rejuvenecen los viejos. Y no piense Vuestra Beatitud que esto lo dicen de broma o con ligereza: tan formalmente se han atrevido a extender esto por toda la corte, que todo el pueblo y no pocos de los que la virtud o la fortuna distingue del pueblo, lo tienen por verdad.

No obstante, con su natural escepticismo interrumpe la narración para añadir:

Pero si Vuestra Santidad me pregunta mi parecer, responderé que no concedo tanto poder a la naturaleza madre de las cosas, y entiendo que Dios se ha reservado esta prerrogativa [...] como no vayamos a creer la fábula de Medea acerca del rejuvenecimiento de Esón o la de la Sibila de Eritrea, convertida en hojas (Libro X, Cap. II, 191-192).

En la Década VII Pedro Mártir escribe de nuevo sobre "la fuente que hace rejuvenecer a los ancianos", mas, sin poder evitar la preocupación permanente respecto a la veracidad de su información, aclara su método de trabajo:

Primero explicaré lo que se cuenta, después lo que opinan los filósofos acerca de ello, y por fin lo que a mi se me ocurre en mis cortos alcances, como tengo costumbre de hacerlo, en cualesquier puntos difíciles de creer.

Es evidente que, consciente de no haber estado en las Indias, como para salvar aún más su responsabilidad, a continuación revela sus modelos clásicos de la manera siguiente:

Apoyándome yo en el ejemplo de Aristóteles y de nuestro Plinio, me atreveré a dar cuenta y consignar por escrito lo que no vacilan en afirmar de viva voz hombres de suma autoridad; pues ni Aristóteles escribió de la naturaleza de los animales lo que él hubiera visto, sino lo que únicamente le contó Alejandro Macedonio [...] ni tampoco Plinio anotó veintidós mil cosas notables sino apoyándose en lo que otros habían dicho y escrito (Libro VII, Cap. I, 535-536).

Sólo tras estas largas explicaciones se decide a entrar en materia incluyendo los testimonios confirmatorios del Deán Alvarez de Castro, de La Española; del Senador y explorador Lucas Vázquez de Ayllón y del Licenciado Fernando Figueroa, Presidente del Senado, también de La Española. Los tres declaran que han oído de la fuente que "restaura el vigor [...], creyendo en parte a los que lo contaban", aunque no han visto ni comprobado nada porque "los habitantes de aquella tierra Florida" son grandes defensores de sus derechos, su libertad y su suelo, habiendo derrotado y muerto a los españoles que han intentado atacarlos (536). Como se observará la fuente ya no se halla en una isla, según se había dicho en la Década II, sino en la Florida, donde la situará definitivamente la tradición popular.

La versión indígena refiere el caso de un hombre de avanzada edad que fue desde su isla, cercana a la Florida, donde tomó por muchos días el agua de la fuente, bañándose también en ella.

Y se cuenta—nos dice—que se fue a su casa con fuerzas viriles, e hizo todo los oficios de varón, y que se casó otra vez y tuvo hijos (536).

Las conjeturas que siguen sobre la posible existencia de la fuente ofrecen múltiples casos de los poderes de la naturaleza, como el cambio de piel en la serpiente, los que lo llevan a concluir que, sin aceptar los encantamientos de Medea o Circe entre los griegos, no se maravillaría si la fuente tuviera poderes desconocidos (537-538).

Y si parece terminar evitando una opinión definitiva, todavía añadirá otras reflexiones, entre las que no faltan los beneficios o penalidades de una larga vida, para dar fin a lo que considera "asunto tan insólito" (537) de manera muy característica suya al decir:

Bastante y de sobra hemos divagado con esta discusión. De aquí tome o deje cada uno lo que le acomode (539).

Para 1536, según el Padre Pedro Simón, va a surgir una tercera leyenda que se equipara en popularidad a las dos anteriores. Esta nueva leyenda, conocida entre los españoles como El Dorado, describe la inmersión ritual en una laguna del nuevo cacique de cierta región.10 En ella, desnudo por completo el cacique, le ponen una materia pegajosa y lo cubren enteramente con polvo de oro. De esta manera, y con oro y piedras preciosas a sus pies, como otros caciques que lo acompañan, se ofrecen las riquezas que llevan, como sacrificio a su dios, al llegar al medio de la laguna. Para los españoles, a la búsqueda de la fuente de la juventud y de la tierra de las amazonas se añade desde entonces la de la región del Dorado. Pero estos tres lugares tienen en común ser conocidos por los españoles sólo debido al dudoso testimonio indígena, y no poder ser encontrados por las expediciones que se envían en diferentes direcciones durante varios años. El único beneficio que se obtiene es extender con ellas las zonas de exploración en la época, aunque a costa de grandes penalidades y de numerosas muertes.

El rápido acarreo al Nuevo Mundo de mitos y creencias procedentes de la tradición grecorromana, cristiana y medieval, así como la adición de lo fabuloso propio de América, por inevitable y hasta obvio, no deja de ser aspecto fascinante de los primeros años del descubrimiento. Mas con lo ya mencionado no debe olvidarse la influencia de viajes anteriores, ni las frecuentes alusiones y citas sugeridas por romances y libros de caballerías.

En su artículo titulado "History", publicado en la Edinburg Review en 1828, el historiador inglés Thomas Macaulay expresó la siguiente opinión: "History commenced among modern nations of Europe as it had commenced among the Greeks, in romance". Sin duda idea semejante puede aplicarse en varios aspectos a los orígenes de la historiografía americana, no sólo en los escritos citados de Colón sobre el Nuevo Mundo, sino también en los de los cronistas e historiadores de Indias. No podía ser de otra manera en las narraciones de inconcebibles hechos llevados a cabo por los españoles en sus viajes y trabajos por mares desconocidos; por inexploradas regiones montañosas, selváticas y desérticas; o en su encuentro con pueblos en varios niveles de civilización, objeto siempre de asombro y, con frecuencia, de admiración. Es indudable que fueron tiempos en los que se realizaron extraordinarios actos de heroísmo, tenacidad y lealtad, a los que acompañaron con harta frecuencia la codicia, la crueldad y la traición, todo relatado con gran honestidad por Gonzalo Fernández de Oviedo y Bartolomé de Las Casas, dos ilustres testigos de la época, y otros que los siguieron. Debe recordarse que, a semejanza de primitivos historiadores como Hecateo de Mileto, Herodoto y Jenofonte, para mencionar unos pocos, los primeros cronistas e historiadores de América viajaron por las tierras que describían mostrando con frecuencia las diferencias existentes entre ellas y su propio mundo. Y si esas narraciones de la antigüedad clásica se basaban principalmente en lo visto y oído, los primeros españoles, como muestra de autenticidad, acentuaron también su experiencia personal o la de otros participantes conocidos de los hechos narrados.

Según indica Arnaldo Momigliano, debido a los viajes de exploración del siglo XVI se renovó el interés en Herodoto como modelo para los europeos que intentaban describir nuevas regiones y sus pueblos:

In the sixteenth century historians travelled once more in foreign countries, questioned local people, went back from the present to the past by collecting oral traditions [...]. Above all, there was the discovery of America with all that implied [...]. There is no need to assume that the Italian diplomats and the Spanish missionaries who worked on their "relazione" or "relaciones" were under the influence of Herodotus. Some of these writers—like Pietro Martire and Francisco López de Gómara—had had a good classical education; others, like Gonzalo Fernández de Oviedo, had the reputation of hardly knowing what Latin was [...]. One of the standard objections against Herodotus had been that his tales were incredible. But now the study of foreign countries and the discovery of America revealed customs even more extraordinary than those described by Herodotus.

Classical scholars soon became aware of the implications of these discoveries. They were delighted to find the New World a witness in favour of the classical authors.

Sin embargo, en las obras de Fernández de Oviedo y Las Casas, Plinio el Viejo es la figura predominante. En su Historia general y natural de las Indias, además de mencionarlo con frecuencia, Oviedo confiesa más de una vez seguirlo o imitarlo "en alguna manera" ("Proemio", Libros Primero y Segundo), en tanto que Las Casas, en su Historia de las Indias, lo cita en innumerables ocasiones, si bien se refiere con frecuencia a Herodoto tanto como a otros historiadores caldeos, egipcios, persas, judíos, padres de la iglesia, etc.

En cuanto a su aspecto estructural, esta narrativa histórica colonial muestra no pocas semejanzas con la antigüedad clásica, siguiendo por lo general un orden cronológico, con ocasionales episodios relacionados o no con el tema principal; esto último es también evidente en las obras de ficción españolas. Y, según se ha visto desde los primeros escritos del descubrimiento, no falta tampoco el elemento de lo fabuloso. En este último aspecto es de especial interés el caso de Oviedo cuando en el "Proemio" a su Historia general dice:

[...] será a lo menos lo que yo escribiere historia verdadera y desviada de todas las fábulas que [...] otros escritores sin verlo [el Nuevo Mundo] han presumido escribir [...] formando historias más allegadas a buen estilo que a la verdad de la cosa que cuentan.

Pero lo sorprendente es que caiga en lo mismo que condena en otros al incluir como auténticos varios hechos fantásticos. Tales son la cronología de supuestos reyes españoles anteriores a la era cristiana, como Hespero; la creencia que las llamadas islas Hespérides de la antigüedad eran el Nuevo Mundo recién descubierto; y que estas islas, habiendo sido regidas por el rey Hespero, constituían un señorío español devuelto por Dios a España (Libro II, Cap. III). A todas estas noticias carentes de autenticidad histórica Oviedo añade su convicción de que el Evangelio había sido predicado en las Indias en épocas lejanas aunque sus habitantes lo habían olvidado (Libro II, Cap. VII).

En su Historia de las Indias Las Casas refuta con "muchas razones y autoridades" (Cap. XVI) las fantasías de Oviedo sobre Hespero y otros temas geográficos e históricos del mundo antiguo, aunque al parecer no se preocupa por incluir entre estos últimos la fabulosa enseñanza del Evangelio a los amerindios en épocas antiquísimas. Por otra parte, a pesar de su preocupación constante por la verdad, su fe religiosa lo hace también sobrepasar los límites de la más estricta objetividad en varias ocasiones. Uno de los casos más evidentes lo representa su insistencia en la presencia divina en la vida y los hechos de Colón. Como descubridor del Nuevo Mundo, Las Casas considera que "Dios le eligió por medio suyo para mostrar al mundo tan oculta hazaña" (Libro I, Cap. CXXIX). Pero antes ha indicado que Dios lo castiga a él y sus parientes por la crueldad con que trató a los aborígenes y el mal ejemplo que dio a quienes lo siguieron (Libro I, Cap. CXXVII). De manera semejante es su preocupación por determinar el lugar del Paraíso Terrenal. Porque si en los capítulos CXXVII y CXXVIII del Libro I, sobre el Nilo, llega a considerar el origen de sus aguas en el Paraíso, volverá al tema para concluir que muy bien pudiera haber estado situado en aquella parte de Tierra Firme vista por Colón en su tercer viaje (Libro I, Cap. CXLVII).

A pesar de esas caídas en los extremismos de la fe, usuales en la época, Las Casas es, por supuesto, como Pedro Mártir, uno de los historiadores más cultos y mejor informados que escriben entonces sobre América. Por el contrario, la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo evidencia la extracción popular del autor en su estilo narrativo, a veces desordenado, pero sencillo, en un nivel de expresión casi oral, en el que caben el refrán, el romance y la evocación de los libros de caballerías, aunque como ha observado la crítica también López de Gómara se vale del romance. Por otra parte, a diferencia de Oviedo y Las Casas en sus extensas historias de Hispanoamérica colonial, con Bernal Díaz estamos en la narración histórica de un acontecimiento particular. Casos semejantes son los de Cortés, aunque sus Cartas de relación se extienden más allá de la conquista de México, y los de Fray Gaspar de Carvajal y hasta Cabeza de Vaca, en éste último por el factor autobiográfico, a pesar de la cambiante escena etnológica que observa.

Una ampliación de estas historias de casos particulares puede considerarse las que se concretan a una cultura o región. De los seis historiadores nacidos en América que aparecen en esta antología los dos de ascendencia indígena, Alva Ixtlilxóchitl y Garcilaso de la Vega, con orgullo patriótico se esfuerzan por preservar los hechos de sus antepasados precolombinos. Los otros criollos se dedican a escribir sobre su tierra natal: Fuentes y Guzmán sobre Guatemala; Rodríguez Freyle sobre Nueva Granada; Suárez de Peralta sobre Nueva España; Oviedo y Baños sobre Venezuela, donde vivió desde los nueve años, aunque nació en Bogotá. De los cuatro españoles residentes en las Indias tres fueron religiosos: Benavente, cuya obra trata de la evangelización de los indios de México, aunque también describe su cultura anterior; Aguado, que traza la colonización de Nueva Granada y Venezuela; y Acosta, agudo investigador de los orígenes de la América indígena y de su evolución política y social. El cuarto español fue el seglar Cieza de León, un diligente estudioso de la región andina, autor de libros dedicados a la fisiografía y población de la zona, a los incas y a las guerras civiles del Perú después de la conquista.

No es posible terminar estas páginas introductorias sin recordar que lo fabuloso, visto en las letras españolas de América desde los escritos del descubrimiento, de una manera u otra se observa también en los autores anteriores, con la excepción de Oviedo y Baños. A los mitos más conocidos de amazonas, fuentes de juventud y El Dorado se añaden lo sobrenatural en influencias divinas o infernales, milagros, presagios, predicciones, maldiciones, hechicería, monstruos, gigantes, etc., elementos no desconocidos en la tradición literaria peninsular, muy especialmente en la ficción narrativa y dramática. Tales son los que Enrique Pupo-Walker describe como "estratos imaginativos que enriquecen al discurso histórico de los siglos XVI y XVII", para agregar más adelante: "comentarios muy disímiles de historiadores eminentes [...] confirman la extraordinaria latitud que en el siglo XVI se confería al discurso histórico; y confirman, además, cuán próximas estaban, en sus aspectos formales, la relación histórica y la narrativa de ficción". Por tal motivo, cuatro siglos más tarde, esos aspectos de la historiografía de la época se podrán ver como antecedentes lejanos de lo real maravilloso americano.

 

Compilado y editado por Otto Olivera

Otto Olivera is Professor Emeritus of Spanish at Tulane University in New Orleans. He is the author of seven previous books and numerous scholarly articles about Spanish American literature.

"Olivera makes accessible a series of vital texts from the sixteenth century and provides an extremely informative introduction to the texts, their authors, and the worldview of the period. This book includes valuable primary material for both student and professor and should be essential reading for any undergraduate course on the discovery and early stages of colonialism in the New World."

Sixteenth Century Journal

"This book represents one of the best overviews of a very ample body of [early colonial narratives] that few readers would ever have the opportunity to read themselves.... The editor's sound introductory materials for the entire volume and for each selection... also make it innovative and different from other [anthologies] I have seen."

—John E. Worth, Coordinator, Randell Research Center, Florida Museum of Natural History, University of Florida